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Carta convocatoria para el Año de San José A los Oblatos de San José

Queridos Cohermanos,

el XVII Capítulo General, llevado a cabo en Roma del 3 al 30 de agosto del 2018 con el tema: “Los llamó para que estuvieran con él y para mandarlos a predicar” (Mc 3, 13-14), en un clima de oración y participación ha elaborado las Deliberaciones con el propósito de favorecer el crecimiento espiritual y el celo pastoral. Siguiendo lo establecido en la Deliberación 5.a, que trata sobre algunas celebraciones en torno a san José, el Custodio del Redentor, deseo anunciar la celebración de un Año de San José en nuestra Congregación, cuyo inicio oficial será el próximo 19 de marzo del 2019, solemnidad de san José, esposo de la  Virgen María; concluyendo solemnemente un año después, es decir, el 19 de marzo del 2020.

Las circunstancias que han sugerido esta iniciativa son las diversas conmemoraciones que se celebran en el bienio 2019-2020: el 30º aniversario de la Exhortación apostólica RedemptorisCustos (15.8.1989) de Juan Pablo II, quien a su vez quería conmemorar el centenario de la Encíclica Quamquampluries de León XIII sobre la devoción a san José; y los 150 años del decreto Quemadmodum Deus (8.12.1870) con el que Pío IX proclamó a san José como Patrono de la Iglesia universal.

Pero la razón más profunda de nuestra iniciativa radica en la convicción de que la referencia a nuestro santo Protector y Patrono de la Iglesia universal puede constituir para nosotros una ocasión providencial para ir a las raíces de nuestra espiritualidad, a la luz de las más recientes enseñanzas del Magisterio de la Iglesia; para promover una reflexión cada vez más profunda sobre la herencia espiritual que el Custodio del Redentor ha dejado a la comunidad cristiana; y, por último, para renovar y revitalizar la misión que estamos realizando.

San José Marello fue contemporáneo a los acontecimientos eclesiales que apenas hemos recordado. Releer las cartas escritas a don Giuseppe Riccio es siempre útil, porque en ellas habla de la preparación a la proclamación del Patrocinio (carta 64) y define a san José como “modelo de vida pobre y escondida”, sobre el construirá su propia espiritualidad y la de su familia religiosa. Al respecto, don Cortona recuerda que el Fundador en las conferencias tenidas con los primeros oblatos “se detenía a menudo en la vida interior de san José […], que jamás se entregó por completo a la vida exterior, sino que unía sus acciones al espíritu de oración” [G. B. Cortona, «Brevimemorie», en StudiMarelliani, 1-2 (2012), pp. 63-64].

La iniciativa de un Año dedicado al Custodio del Redentor quizá suscite en algunos ciertas interrogantes: ¿Es posible que una figura, sin duda importante, pero lejana en el tiempo, como la de san  José, pueda inspirar y transmitir todavía hoy el compromiso de “cuidar los intereses de Jesús” en la Iglesia? Aun más: ¿Vale la pena volver a proponer, en nuestro tiempo, al Santo de la humildad y del silencio como modelo a imitar? ¿Qué más puede enseñar su historia a los hombres del siglo XXI?

Respondo a estas objeciones limitándome a constatar que es san José, el que nos conduce siempre hacia el centro de nuestra vocación cristiana y religiosa; el que nos ayuda a redescubrir las características de la identidad del verdadero Oblato; y que vuelve a proponer a la comunidad cristiana su siempre actual e inconfundible estilo de fidelidad en el servicio. Si quisieramos indicar una palabra que por sí sola resuma la misión y la herencia espiritual de san José, basta con decir “Jesús”, el nombre que nuestro Santo pronunció en el rito de la circuncisión (Mt 2,25); aquel nombre que según san Pablo “es Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se dobleen el cielo, en la tierra, en el abismoy toda lengua proclame:Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 9b-11).

San José vive profundamente la unión con Jesús, lo contempla en el misterio de la encarnación y en los misterios de la vida escondida, y de esta manera nos recuerda constantemente que la vocación de la vida consagrada, y cualquier otra vocación cristiana, consiste sobre todo en la relación personal con Jesucristo. Pidiéndonos así “re-centrar” nuestra vida en  Jesús, es decir, en el Único necesario, del cual todo el resto proviene y asume un significado y un valor. En la escuela de san José, aprendemos, de hecho, a acoger la Palabra como razón de nuestra vida y de nuestro apostolado; aprendemos a crecer en la fraternidad; aprendemos la fortaleza de ánimo, condición indispensable para afrontar los desafíos de la vida cotidiana del apostolado.

Propongo que en el curso de este año nos inspiren y acompañen estas palabras del evangelio según san Mateo, para profundizarlas en la reflexión tanto personal como comunitaria:

Levántate…, Él se levantó, en la noche, y tomó consigo al niño y a su madre (Mt 2, 13.14)

Levántate…Él se levantó. El verbo “levantarse” hace referencia al movimiento, está vinculado a una proyección hacia lo alto y es recurrente en la Sagrada Escritura, en diversos contextos, pero siempre con un significado positivo: ponerse de pie, levantarse después de la caída, levantar los ojos en la oración… Es una invitación a dejar la postura de estar sentados o tendidos, para ponernos en movimiento, porque la comodidad no satisface las profundas aspiraciones del corazón humano y está en contraste con la lógica del evangelio. Esta palabra pronunciada por el ángel en sueños, escuchada y acogida, trae consigo un cambio radical en la vida de José. El hombre “de los sueños”, está abierto a las “sorpresas” de Dios y acepta su voluntad, aun cuando esto le altera la vida. Tres veces sueña y en las tres recibe solamente un mensaje y una explicación parcial. Pero para hacer la voluntad de Dios no es necesario tener el cuadro completo de la situación, con todas las consecuencias y los eventuales progresos. Basta solo “la luz suficiente para dar el primer paso” (H. Newman).

en la noche… Este complemento de tiempo alude al carácter simbólico de la noche en la Sagrada Escritura; resalta y ayuda a comprender la profundidad del carácter de José, que no se echa para atrás cuando tiene que enfrentar el desafío. Como padre, debe cuidar al Niño; como esposo, debe proteger a María; y esto, no solo de día, cuando brilla la luz del sol y es seguro, sino también de noche, cuando los obstáculos parecen ser aún más difíciles de superar.

tomó consigo al niño y a su madre… En José se admiran la disponibilidad y la prontitud, virtudes sencillas y cotidianas que adorna su figura; pero las palabras del evangelio revelan que el centro de su vida y de su misión es Jesús. José obedece la orden del ángel y esta obediencia es indicada cada vez con la expresión rica de significado: “tomó consigo”. Tomar consigo quiere decir custodiar, hacerse cargo, cuidar, compartir el destino de las personas a quienes se protege. Cuando los miembros de una familia o de una comunidad de consagrados saben “tomar consigo” la vida de los familiares o de los cohermanos, las cotidianas relaciones personales adquieren un nuevo valor y crean un clima de crecimiento exponencial.

Así pues, el Año de San José nos invita y nos ofrece la ocasión para redescubrir la figura del Patrono de la Iglesia universal, y de ver en él los rasgos fundamentales de la vocación que nos vincula a su nombre como sus Oblatos. Nos ayuda a restablecer las relaciones personales con él. Nos invita a releer y a estudiar las publicaciones referentes a su misión. Se convierte en una ocasión propicia para componer nuevos cantos dedicados a él, en continuidad con la rica tradición musical de la Congregación. Nos compromete a celebrar con la debida solemnidad sus fiestas y, quizá, a organizar y llevar a cabo algunas peregrinaciones a los santuarios dedicados a él. Y, finalmente, nos alienta a confiar en su intercesión los acontecimientos terrenos de la Iglesia, en la difícil confrontación con el ambiente hostil del mundo de hoy. Cada provincia y delegación, cada comunidad y cada obra apostólica encuentren los modos más oportunos para que este año sea para cada uno de nosotros una experiencia espiritual inolvidable.

El Año de San José sea también ocasión propicia para resaltar algunos aspectos y temas fundamentales de la vida cristiana, relacionados con la espiritualidad josefina; como por ejemplo: la importancia de la vida interior, el generoso servicio en la vida cotidiana, la santidad del matrimonio y de la familia, y muchos otros.

Finalmente, exhorto también a las Hermanas Oblatas de San José y a los Laicos más cercanos espiritualmente a nosotros, y a todos los fieles que frecuentan nuestras parroquias y están involucrados en nuestras actividades pastorales, para que también ellos se sientan partícipes en esta iniciativa y vivan con nosotros el Año de San José, para crecer espiritualmente y responder con una generosidad cada vez más grande a la llamada del Señor.

Termino con las palabras de nuestro Fundador: “Eamus simul ad Joseph et oremus ad invicem (vayamos a san José y oremos los unos por los otros); y nuestro santo Patriarca nos obtenga de Dios las gracias oportunas” (Carta 234, Epistolorio, Opera Omnia, EditriceImpressioniGrafiche, Acqui 2010,  p. 586).

“Oh grande Patriarca San José,

henos aquí todos para ti y tu sé todo para nosotros.

Tú indícanos el camino, sostennos a cada paso,

condúcenos adonde la Divina Providencia quiere que lleguemos;

sea largo o corto el camino, fácil o difícil,

se vea o no se vea con ojos humanos la meta, deprisa o despacio,

nosotros contigo estamos seguros de caminar siempre bien”.

 

Roma, 23 de enero del 2019, Fiesta de los Santos Esposos.

Fraternalmente,

P. Jan Pelczarski, Osj

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